“Le hizo más ilusión la explosión que el regalo de cumpleaños”. Una isla que volaba por los aires en un amasijo de piedras y agua. Sus habitantes daban gracias al Cielo mientras manteaban esas piedras perfectamente redondas, fruto de la explosión. No había muerto nadie. Yo no entendía por qué la destrucción de una isla iba a poder gustarme, pero no dije nada.

Luego montaba en bici por la isla. Había calles estrechas imposibles de seguir, puesto que se prolongaban sólo un poco y luego se cortaban con la aparición de un edificio ruinoso. En una de esas veces el dueño de uno de los locales que truncaban las calles me dio permiso para pasar a través de su propiedad. Eso porque no sabía que yo había volado por los aires su isla.

Luego la bici desaparecía y me encontraba en un asador de pollos con mis padres. Compraban comida y luego nos desplazábamos hasta un merendero. El encargado del merendero terminó por freirnos unas patatas decentes y lanzar muy lejos las que habíamos comprado. El hombre era extrañamente parecido a mi abuelo, pero no dije nada.

Y finalmente, aparezco en el instituto. Eso lo achaco a que echo un poco de menos esos tiempos. Pero en el laboratorio de Física está mi profesor de Constitucional II dando una tutoría, y yo, por primera vez en el curso, llego tarde. Da igual, apenas hay seis personas alrededor de una mesa de ocho. Nos pide que para el próximo día tengamos cada uno nuestra propia balanza, ya que necesitaremos medir la Justicia mediante parámetros tangibles. Él nos enseña una plateada, muy bonita, y un poco antigua.

Y todavía me cuesta distinguir sueños y realidad, con lo absurdos que son los primeros…

3 Responses to “”

  1. Francisco Says:

    Hola ;-)

    ¡Qué difícil es que se produzca al mismo tiempo la realidad y el deseo! ¿no?

    F

  2. X Says:

    Si nunca despartáramos, ¿podríamos distinguirlos?

  3. Sil Says:

    Supongo que nos quedaríamos atrapados para siempre en nuestra propia mente. Pero esto ya se vuelve metafísico, y da miedo xD

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