Discípula de Herodes en viaje a Colmenar Viejo
Miércoles, Octubre 28th, 2009La clase no se acaba. La subnormal ésta es una impresentable. No sé quién se cree que es, la muy imbécil. Llega veinte minutos tarde y para paliar nuestras carencias en Derecho Civil (o su conciencia de mala profesora si es que la tiene) dicta a un modo frenético. No siento el brazo. La dislexia mana a borbotones. No entiendo lo que escribo y me cabreo. Mi mano se mueve sola, dibujando caracteres incomprensibles.
La clase acaba. Es totalmente de noche. No tengo el Abono Transportes, así que me toca ir andando hasta el metro.
En el metro una tía viola mi espacio vital y yo la piso muy disimuladamente pero con una mirada asesina, y por fin se aleja (unos milímetros).
Trasbordo. Me siento y enfrente tengo a una madre y sus dos hijos. Más feos que pegar a un padre en Navidades. Hablando del padre, que está sentado a mi lado. Los niños corren, gritan, chillan. La madre no para de darles juego. Les hace cosquillas y los niños siguen gritando y riendo como posesos. Como posesos horrendos, eso sí. De vez en cuando el padre coge a uno de los niños, lo que hace que mi espacio vital (otra vez) se vea dañado.
Llego a casa (después de desearle la esterilidad a esa amable mujer y a sus hijos una meningitis de las graves), y le cuento a mi padre lo de la entrevista de mañana. Por lo visto no le hace ninguna gracia.
Y yo ya estoy harta. Aunque eso es algo que ya he dicho muchas veces. Nunca estoy lo suficientemente harta como para explotar. Pero sé que un día mataré a alguien. Con un cuchillo muy largo. Y muy afilado. Y sí, podéis tomar esto como una prueba en caso de que el homicidio llegue a producirse. Pero recordad: yo habré estado enajenada. Suelo estarlo.
Como ese título. Parece el título de una película de Almodóvar.