Martes, Junio 23rd, 2009
La primera vez que hirieron mi sensibilidad tenía ocho o nueve años. Mi vecino Salva tenía una tortuga del tamaño de un plato. Un día la madre de la señora Lucía, una reliquia andante, decidió que quería cogerla, para recordar sus tiempos de reptil primigenio, qué sé yo. Total, que se le cayó por la galería, impactando tras una altura de tres pisos, quedando tirada patas arriba en el suelo del patio. Se le quebró el caparazón. Una grieta considerable por la que salía un montón de sangre. Pero la pobre seguía viva, de forma milagrosa. Salva bajó los tres pisos, la cogió, comprobó cuidadosamente que efectivamente la tortuga no estaba bien, y decidió, para sorpresa nuestra, que lo mejor era meterla en una bolsa de plástico y tirarla a la basura. Mi madre gritó, yo grité, le quitamos la tortuga de las manos y nos la llevamos a casa. La curamos (vivió varios meses en la bañera), y la dejamos en el lugar del que nunca debió salir. Volvió al campo.
La historia termina bien, esta vez. Lo cual no le quita importancia al hecho de que ese señor iba a tirar a la basura a un ser vivo porque consideraba que estaba roto y no valía.
Un animal no se rompe y se tira si no sirve. No puedes meter a un animal vivo en una bolsa de basura y seguir considerándote de este mundo. No tenéis alma.
Volviendo al presente, no es normal que para divertirte en tus horas de trabajo lances un cangrejo a los subnormales de tus amiguitos. No es normal que me lo quites de las manos y lo lances de una patada al otro extremo del mercado. Y no es normal que te justifiques diciendo que “ya volverá” de una patada y que “esto lo hacemos siempre”.
No te rías, que te juro que me han entrado ganas de quitarte los dientes uno a uno con un maldito alicate.
Y sí, es un cangrejo. El motivo de mi autodespido es un crustáceo. Un bicho que iba a morir de todas formas cocido en un cazo. Y que seguramente se preguntaba, si es que los cangrejos se preguntan cosas, el porqué de esa violencia gratuita y desmedida hacia un ser que lo único que hacía era existir. Y si no se lo preguntaba él, lo hago yo.
Nos merecemos la peor de las plagas.