Martes, Marzo 31st, 2009
Quisiera ser una persona muy pequeña, pequeñita, pequeñísima. Me lanzaría a los matorrales de flores silvestres que nacen en los descampados y en los rincones olvidados de Madrid, correría entre los dientes de león y me tumbaría a descansar en las amapolas.
Las hojas blandas y suaves de las amapolas. Lánguidas y ojerosas. Siempre me han gustado. Antes he deseado un ramo de amapolas. Pero luego me he imaginado corriendo entre ellas, entre amapolas gigantes, y he desechado la primera idea.
Al principio sabías a hierro. Me encantaba tu boca metálica, nunca te lo he dicho. El sabor fue disipándose al cabo de un tiempo. Los primeros días podría haber jurado que todo había sido un sueño, de no haber sido por el persistente y dulce sabor a hierro, que afloraba en mi mente cada pocos minutos.
Ahora ya no necesito el recordatorio con sabor a metal para saber que estás conmigo, que no te vas a diluir.
Por eso me da igual que se haya ido. Tú estás aquí.
Y te quiero.