Archive for Diciembre, 2008

Miércoles, Diciembre 24th, 2008

Una plaza de toros. Yo vestida con el consabido vestido blanco de lino con el que me visto en sueños. Un nudo en el corazón.

Era una fiesta importante. Habíamos pagado por entrar. Y justo cuando todos empezaban a ocupar sus asientos, yo salté de las gradas llorando y gritando que me iba y que nadie me siguiera.

No había motivos.

Me faltaban fuerzas para correr. Y para llorar. Cuanto más lloraba menos corría, pero no desistí. Seguía gritando. Movía los brazos como un molino, sin orden ni sentido.

Salí al exterior. Al otro lado de esos muros de locura había arena amarilla y el mar cercano. El llanto cesó de pronto. Las palmeras se agitaban y lucía un sol tenue. Ahora era feliz.

Había gente con sus micromundos a cuestas que miraban las olas pequeñas golpeando la tierra. Ausentes y también felices.

Luego, dos personas agarraban sus micromundos como señoritas con falda y se unían a mi causa, que era la ausencia de causa. Andaban por detrás de mí.

Yo seguí bordeando la orilla. Unas rocas surgían de pronto de la Nada. Trepé por ellas, y los señores que me seguían vinieron detrás.

Habíamos llegado a un precipicio tan elevado como el cielo. Había árboles liliputienses al otro lado. Me tuve que pegar a una roca que había detrás por miedo a caer.

Luego unas arañas fantasmales nacían de la roca y se dedicaban a chuparle la vida a la gente por el cuello.

Analistas de sueños del mundo, a ver si podéis con eso.

Lunes, Diciembre 22nd, 2008


(…) Aquella mujer severa y tan poco complaciente consigo misma y con los demás, podía ser dulce y risueña con Clara y a veces, por extensión, también con Blanca. Sólo con ella se permitía el lujo de ceder ante su desbordante deseo de servir y de ser amada, con ella podía manifestar, aunque fuera solapadamente, los más secretos y delicados anhelos de su alma. A lo largo de tantos años de soledad y tristeza había ido decantando las emociones y limpiando los sentimientos, hasta reducirlos a unas pocas terribles y magníficas pasiones, que la ocupaban por completo. No tenía capacidad para las pequeñas turbaciones, para los rencores mezquinos, las envidias disimuladas, las obras de caridad, los cariños desteñidos, la cortesía amable o las consideraciones cotidianas. Era uno de esos seres nacidos para la grandeza de un solo amor, para el odio exagerado, para la venganza apocalíptica y para el heroísmo más sublime, (…).

 

Isabel Allende, La Casa de los Espíritus

 

La mujer que tenía la nariz del tamaño de una manzana

Martes, Diciembre 16th, 2008

Había escrito mucho más. Pero la autocompasión me la guardo para mí. Quizá algún día me dé por poner todas mis penas en orden y escribir una autobiografía decadente que a nadie interese. O sí, quién sabe, la gente es muy rara. Pero hoy, hoy no me apetece abrirme en canal.

Había una mujer con la nariz irreal. La nariz más grande que he visto jamás.

Si yo tuviera esa nariz, no querría salir a la calle.

Y sin embargo, era una mujer feliz.

Era capaz de sonreir, incluso aunque eso supusiera que su nariz se ensanchase todavía un poco más.

Hasta ocupar toda su cara.

Es un cuento sin enseñanza. Creo. Es una historia del metro.

La de cosas que (no) se aprenden ahí abajo.

Jueves, Diciembre 11th, 2008

A Bea (según mi novia ninguna lesbiana que se precie lo es realmente si no sabe de quién estoy hablando) le pasó con Mónica lo que a mí con Vane. Vale, no exactamente lo mismo, yo no me lié con ella ni tampoco me enamoré, pero la llegué a idealizar cuando no estaba. Cuánto no habré dado por culo con el recuerdo de Vane (qué sucio puede sonar eso). Cuánto arrepentimiento, cuántas páginas repletas de estupideces que nunca le dije y jamás le diré, cuántas canciones tristes y cuántos suspiros sin sentido. Y un día, cuando lo último que me esperaba era que apareciera, va y se presenta de nuevo en mi vida. Tan simple, tan obvia, tan alta y tan dependiente como siempre. Con esa conversación inútil que lo llena todo de la Nada más absoluta. Tan inocente, porque siempre lo ha sido y siempre lo será. Vacía de intensidad y llena de ideas de casquero propias de una cría de Primaria.

Se quedó allí. Se quedó en mi recuerdo. La persona más importante de mi vida, muerta como estaba, resucitó y perdió toda su esencia, lo que le hacía ser ella, que no era más que lo que yo quería que fuera cuando no estaba. Un cadáver compuesto por trozos de cadáveres que me había ido encontrando. Que me había ido imaginando. Una persona creada a mi gusto con trozos que no eran suyos.

Una persona distinta.

A eso se dedica el Recuerdo, a metamorfosear las cosas que un día fueron corrientes y se perdieron. A convertir la historia de nuestro pasado en visiones alucinadas de la felicidad absoluta. En mentiras.

Yo también la evocaba. Cada vez con menos fuerza, también. A la Coca-Cola con el tiempo se le escapa el gas y a mí se me escapaba poco a poco la ilusión por recuperar su idolatrada amistad.

La tenía en un altar cuando llegó. Y esa imagen ficticia se borró de mi cabeza tan deprisa que casi no me dio tiempo a asimilarlo.

Luego empecé a pensar que lo mejor sería dejarla poco a poco. Una distancia sutil, gradual, progresiva. El problema es que no puedo; sigue siendo una niña. La niña que fue mi muy mejor amiga, como dice el bueno de Forrest. Exactamente igual. Inseparables. Y recuerdo el confeti en diciembre y sé que no puedo tirarla a la basura de buenas a primeras.

Es una parte de mí, ya no la más importante, pero sí la que tiene más historia.

(Y ajo y agua si estoy sentimental, estoy con la regla y puedo permitírmelo :P)

Lunes, Diciembre 8th, 2008

Solemos llorar cuando las cosas van mal. Cuando vemos el dolor, el sufrimiento, la muerte. La desesperación.

¿Es normal querer llorar con las cosas más bellas? Que se inunden los ojos con una sonrisa ajena o las hojas de un árbol. Que no importe el horror de lo incierto al contemplar la belleza. Al leer un poema. O al creer en la magia del mundo.

Llorar por todo. Ver el llanto y querer llorar, y pensar que esa lluvia de sentimientos es la cosa más bella del mundo.

Y seguir llorando.