Miércoles, Diciembre 24th, 2008
Una plaza de toros. Yo vestida con el consabido vestido blanco de lino con el que me visto en sueños. Un nudo en el corazón.
Era una fiesta importante. Habíamos pagado por entrar. Y justo cuando todos empezaban a ocupar sus asientos, yo salté de las gradas llorando y gritando que me iba y que nadie me siguiera.
No había motivos.
Me faltaban fuerzas para correr. Y para llorar. Cuanto más lloraba menos corría, pero no desistí. Seguía gritando. Movía los brazos como un molino, sin orden ni sentido.
Salí al exterior. Al otro lado de esos muros de locura había arena amarilla y el mar cercano. El llanto cesó de pronto. Las palmeras se agitaban y lucía un sol tenue. Ahora era feliz.
Había gente con sus micromundos a cuestas que miraban las olas pequeñas golpeando la tierra. Ausentes y también felices.
Luego, dos personas agarraban sus micromundos como señoritas con falda y se unían a mi causa, que era la ausencia de causa. Andaban por detrás de mí.
Yo seguí bordeando la orilla. Unas rocas surgían de pronto de la Nada. Trepé por ellas, y los señores que me seguían vinieron detrás.
Habíamos llegado a un precipicio tan elevado como el cielo. Había árboles liliputienses al otro lado. Me tuve que pegar a una roca que había detrás por miedo a caer.
Luego unas arañas fantasmales nacían de la roca y se dedicaban a chuparle la vida a la gente por el cuello.
Analistas de sueños del mundo, a ver si podéis con eso.