A veces me gusta hablar de la sociedad. Digo a veces porque cuando quiero tratar sobre estos temas siempre termino especialmente alterada y sintiendo una frustración enorme. Hoy propondré varios ejemplos de por qué me sienta tan mal hablar de ello.
Me sienta mal hablar de la sociedad porque siempre hay alguien que saca a colación el tema de la marginación y la desigualdad. Argumentan que los españoles somos poco tolerantes con los que vienen de fuera, y con los que, estando dentro, son considerados “diferentes”. Sí, señores, somos tan poco tolerantes que si esta gente no tiene casa el Estado no tiene inconveniente en regalarle una. Somos tan desconsiderados que la Ley del Menor no tiene vigencia sobre los niños gitanos que sin reparo y tan amablemente te meten la mano en el bolso. Somos tan desconsiderados que las madres de los niños payos se quedan con un par de narices cuando el colegio les niega la posibilidad de que un autobús recoja a sus hijos y los lleve a casa, mientras les pasan una factura mensual del autobús que se carga de críos en Las Barranquillas. No tenemos corazón cuando les damos a esas madres con velo cheques por valor de cien euros destinados a la compra de material escolar y se los gastan íntegros en ropa para sus maridos, comida y perfumes. No tenemos alma.
Y luego están los que escuchan opiniones como las mías y las tachan de racistas. Sí, hay racismo, claro que lo hay, pero lo hay para los que pagamos impuestos y vivimos como personas. Luego hablan mal sobre la Iglesia o la gente de derechas y piensan que pueden morir a gusto y vivir con la cabeza alta. Faltaría más. Lo que se lleva ahora es estar ciego y no ser consciente de a lo que nos está llevando el ir de hippies comeflores.
Opinad, en serio, hacedlo.
Porque ya no sé si tengo razón o me estoy volviendo una jodida radical. Apolítica, aunque después de esta charla os suene raro.