Archive for Septiembre, 2008

Domingo, Septiembre 28th, 2008

Ya es la segunda vez que sueño que alguien me pega un tiro en la cabeza. Por detrás, a traición. Me dispara y siento el dolor, pero no muero. Y siento miedo. Ese miedo terrible que no se apaga porque yo no me apago.

Dicen que cuando sabes que vas a morir dejas de sentir miedo. Pero no lo creo. Creo que el miedo se incrementa hasta desbordarte. Creo que mueres justo antes de morir.

Pero también dicen que no puedes soñar lo que no conoces, y tampoco lo creo, porque sueño cosas demasiado reales.

Día raro

Lunes, Septiembre 8th, 2008

Estoy amarilla. Las luces del portal están amarillas. Eran blancas hasta hoy, que son amarillas. Como yo, que era blanca hasta hoy.

La tienda olía igual que la casa del pueblo, y mi portal huele raro tirando a mal.

Tengo la sensación de que lo bueno se ha acabado, como cuando volvía de la playa de pequeña y nos quedábamos unos días en el pueblo y eran las fiestas y yo sólo quería cerrar los ojos y pasar de todo. Y llorar. Era una niña rara. Miraba la revista que mandaban los del Ayuntamiento y buscaba las fotos de la reina de las fiestas y luego leía los poemas que la gente le escribía a la Virgen y me entraban más ganas de llorar. Ir al pueblo suponía para mí una tristeza mayor que volver directamente a Madrid. Porque en Madrid todos estábamos tristes y mi tristeza parecía más pequeña. Pero el pueblo les gustaba a todos. Y me preguntaban constantemente qué era lo que me pasaba. Y nunca se me ha dado bien mentir, pero era demasiado pequeña como para hacer que los demás entendieran que yo pudiera estar triste por cosas tan complejas que a día de hoy ni siquiera yo entiendo. Y fingía que me lo pasaba bien, y eso era todavía peor.

Antes ha salido en el telediario que a unos señores se les cae la casa porque al arquitecto no se le ocurrió otra cosa que hacerla sobre un terreno arcilloso. Mi profe de Ciencias de la Tierra decía que el terreno arcilloso es el que hay en las zonas de Oriente donde cae el monzón. Por eso se les mueve el suelo y hay desprendimientos y de repente las casas se han caído al río. Supongo que aquí también lo hay, y justo les ha tocado debajo de su casa. No entiendo cómo alguien que estudia durante cinco años para aprender a construir casas se olvide de comprobar algo así.

Prefiero hacer el examen del jueves a que se acabe el mundo. Y si se acaba el mundo, que no quiero, preferiría que al menos no me doliera.

Miércoles, Septiembre 3rd, 2008

Los niños de la Escuela Leamy nos preguntan por qué hablamos así.

-¿Es que sois yanquis acaso?

Y cuando les decimos que hemos venido de América, nos preguntan:

-¿Sois gángsters o vaqueros?

Un chico mayor se encara conmigo.

-Te estoy haciendo una pregunta- dice-. ¿Sois gángsters o vaqueros?

Le digo que no lo sé, y cuando él me empuja el pecho con el dedo, Malachy dice:

-Yo soy gángster, Frank es vaquero.

El chico mayor dice:

-Tu hermano pequeño es listo y tú eres un yanqui estúpido.

Los niños que lo rodean están excitados. “Pelea”, gritan, “pelea”, y él me empuja con tanta fuerza que me caigo. Quiero llorar, pero se me vuelve oscuro todo dentro de la cabeza como me pasó con Freddie Leibowitz y caigo sobre él dándole patadas y puñetazos.(…)

Al fondo a la derecha

Lunes, Septiembre 1st, 2008

Esta noche he subido por fin al desván. La curiosidad ha sido al fin más fuerte que el miedo a lo desconocido. He necesitado tiempo (meses, años, siglos), pero lo he conseguido.

Era la eterna puerta semicerrada. Sólo tirando de ella ligeramente, como quien aparta una hoja que flota en el aire, podría haber accedido a lo que tras ella se ocultaba. Pero sabía que lo que escondía era tan maravilloso que no sería oportuno entrar con toda esa gente paseando por los pasillos. Y también estaba el miedo. Sobre todo el miedo.

Pero tras los años, los siglos, la gente fue muriendo. O simplemente desapareciendo. Ya no había nadie por los pasillos. Era la oportunidad perfecta.

Habíamos llegado allí de casualidad, en una expedición misteriosa de la que ya no recuerdo nada. El edificio era un buen sitio donde esconderse.

Al principio ni siquiera sabía dónde estaba. Iba armada con una navaja descomunal de madera y plata, arropada por los demás, que eran pocos y no tenían cara. Hasta que vi la pasarela sobre el cielo, la que llevaba al edificio contiguo, la puerta donde se escondían los directores y las otras puertas, que yo había atravesado hace ya miles de años. Me separé del grupo y subí corriendo los tres escalones tras la pasarela. Abrí la puerta que había a mi derecha y ahí estaban, colgados de las paredes, los mismos cuadros que yo había visto tantas veces cuando era requerida y soltaba mis ojos por la habitación para no sentirme intimidada. El escritorio de madera, la silla negra mullida, los miles de cajones y estanterías…

Salí de allí y seguí adelante. Conocía el camino. Tendría que atravesar el pasado, recordar lo que ya estaba olvidado, para encontrarme con la verdad que tanto tiempo había estado deseando.

De un aula a la siguiente. Hasta que me encontré en el pasillo que buscaba.

Al fondo a la derecha.

Seguía ahí, entornada pero no cerrada.

Provocándome.

Y claro, empuñé el enorme cuchillo, por si acaso, y comencé la subida.

(Esto sólo ha sido un sueño, no creo que en realidad hubiera en ese desván lo que he visto en mi imaginación, pero supongo que ya nunca lo sabré…)