Archive for Enero, 2008

Pay and pain

Jueves, Enero 31st, 2008

Voy a pagar por que me hagan algo que hace cinco siglos podría ser considerado perfectamente como tortura. Sólo que el taladro en mi lengua lo harán con anestesia y un pincho desinfectado y envasado al vacío de esos de usar y tirar (o eso quiero creer), y en otros tiempos el instrumento sería un clavo incandescente y oxidado.

¿Me dejará efectos secundarios? Con “efectos secundarios” me refiero a no poder hablar correctamente, que se me infecte hasta tal punto que la lengua se me caiga (no, por Dios, prefiero perder una pierna xD), o que mis preciosos y preciados dientes se arañen. El dolor… no me preocupa demasiado xD

Aunque bueno, siempre hay tiempo de desatornillar y volver a tener la lengua sana y entera. Siempre me ha gustado… y sé que a ti también te gustará ^^

Sweet dreams?

Martes, Enero 29th, 2008

Hoy, por increíble que parezca, he pasado la noche en la cárcel. He asistido al juicio de un hombre inocente al que han condenado a muerte y luego me han abandonado a mi suerte en un recinto amurallado. Me quitaron los objetos personales y me separaron de la gente a la que también habían encarcelado y que conocía. Estaba sola, rodeada de presidiarios. Cuando me llevaron por el corredor de las celdas, oscuro y con rejas a ambos lados, sentí tanto miedo que me agarré a la persona que tenía delante y cerré los ojos. Más tarde conocí a una chica rubia y desaliñada, que en ningún momento me habló de su situación pero me acompañó hasta que, de forma inexplicable, me dejaron salir.

Me recogiste en coche. Por tu expresión parecía que no sabías de dónde acababa de salir. Lo cierto es que creo que en ese punto tengo lagunas, o tal vez mi mente asustada no podía asumir con claridad lo que pasaba después de aquello. El caso es que luego ni eras tú, ni era el mismo coche. Ni era tu boca la que pronunciaba las palabras que sólo de ti quiero oír.

El próximo destello de lucidez me viene mientras miraba mi aspecto desde arriba. Medias negras a media altura y botas militares. Una falda, ni muy corta ni muy larga, roja tal vez. Puede que la camiseta fuera negra también. Había mucha gente en ese salón: desconocidos, conocidos, tú y yo. Un gato gris se me sube encima y yo lo aparto por temor a estornudar. Ahí está, otra vez, la persona del coche. No ha reparado en mí, o tal vez sólo trata de no hacerlo. Me alejo en dirección a las habitaciones. Allí donde no haya nadie, donde tal vez me siga y me explique de qué va todo esto. Nada. Pasa el tiempo. Puede que ni siquiera me hubiese visto. Nada. Se acerca gente. Los invitados están recogiendo sus cosas. Se van. “¿Se ha ido también…?”. “Sí, dijo que no se encontraba bien”. Vuelvo al salón. Es cierto, no está. Pero yo sí estoy, y muy enfadada. Tú te das cuenta. Tienes al gato en brazos. También te has dado cuenta de que pasa algo. Aunque tus hipótesis son descabelladas. Yo me hago la loca, y entonces despierto.

Las doce menos cuarto. Me he quedado dormida.

Ausencia de ilusión

Lunes, Enero 28th, 2008

Tiro la toalla a tiempo parcial. Fingiré dos semanas más, haré como que estudio, tal vez me presente a alguno de los dos exámenes que me quedan por suspender, y después de esa maratón perdida de antemano (y es que la magia sólo existe en mi imaginación), me dedicaré a algo que me hace más ilusión. Lo cierto es que lo desconocido siempre es más atractivo y al principio te hace centrar en ello toda tu atención, pero supongo que con el paso de los días este nuevo propósito se irá convirtiendo en algo real y por ello dejará de causarme tanta impresión. Y entonces me pasará igual que con los exámenes que están por llegar: que lo asumiré sin ganas, resolviendo los asuntos mal por este afán mío de querer tenerlo todo en cuanto se me antoja, se perderá la ilusión y la rutina se hará presente.

No quiero suspender aunque ya sea algo casi irremediable. Aunque parezca que no le doy mayor importancia. Sí la tiene. Mucha. Porque estaba ilusionada. No con los exámenes ni con estudiar, me ilusionaba el futuro. Cinco años de putada (porque no quiero desperdiciar mi vida mas que lo justo) y luego a vivir la vida real. Pero con lo mal que me está yendo la cosa se va a alargar. Y sé que es pronto para ponerme a patalear, y lo es también para tomar una decisión drástica y cambiarme a Psicología, que siempre he supuesto que me resultaría más fácil, o hacer un grado superior de algo útil y bien pagado y mandar a tomar por saco este afán de vestir mi futuro con un traje de chaqueta, o simplemente ponerme a currar, acumular dinero desde ya y así no pensar en el mañana como algo lejano. Es pronto para hacer algo así pero a la vez no lo es. Porque el tiempo sigue pasando aunque yo tenga en mente el mismo dilema que hace un año. No estoy muy segura de querer ser abogada. Porque no estoy segura de que un trabajo así se me pueda dar bien. Criminología me gustaba, me gustaba mucho, pero a día de hoy tendría que emigrar a Murcia a dar clase, y a menos que esta realidad cambie de aquí a tres años, esa será la solución.

El caso es que sí, en época de exámenes, en una clase en la que estoy rodeada de gente competitiva que sueña con ser Ally McBeal o el protagonista de “Pactar con el Diablo”, a estas alturas, me pregunto si realmente hice bien en tomar una decisión así.

Y mientras tanto, mientras llega y no llega el próximo examen, yo me dedico a pasearme por blogs, fotologs, metroflogs y algún twitter, a escribir incoherencias en un cuadernito que guardo en el cajón, a pasear por la casa y picotear constantemente de la nevera, y sí, también a plantearme pensamientos filosóficos acerca del futuro y la capacidad de decisión.

Y claro, luego no estudio.

Domingo, Enero 27th, 2008

No quiero meter la pata. Y tengo cierta tendencia a hacerlo. No quiero que en uno de mis arrebatos de inseguridad, cuando me cierro en banda y sólo me comunico con frases cortas, decidas que te has cansado de aguantarme.

Que me distancio por miedo a perderte.

Sábado, Enero 26th, 2008

Siempre he creído eso de que las cosas malas se van igual que vienen. Siempre he sido jodidamente optimista, aunque a veces no lo parezca. Y no precisamente porque me hayan faltado ocasiones de esas en las que lo único que deseas es mandarlo todo a la mierda, cortarte las venas o emborracharte hasta llegar al coma etílico; simplemente he confiado en que, tras las turbulencias, habría un mundo mejor.

El problema es que ya me he cansado de abstraerme a los mundos de Yupi. La vida real son turbulencias, y no estoy segura de poder afrontarlas todas.

I know, I know, I know

Viernes, Enero 25th, 2008

No sé por qué, pero lo sé. Siempre me ha pasado eso de presentir, dejando a un lado mis penosas aspiraciones a bruja. Sé lo que va a pasar. Sé lo que vas a hacer. De hecho, no sé si será que todo el mundo es muy obvio, o muy tocapelotas, y ya les da igual gritar a los cuatro vientos sus intenciones, pero últimamente empiezo a calar a la gente. Y también me empiezo a cansar. Pero claro, allá cada cual con sus vidas. A mí sólo me importa la mía.

El caso es que lo sé; sé cuál es tu próximo movimiento. Sólo espero que no tropieces de forma accidental.

Rosa y Flor

Jueves, Enero 24th, 2008

Cuando era pequeña (supongo que como a todos los niños) mi madre me contaba cuentos antes de dormir. Había uno que me gustaba especialmente: la historia de Rosa y Flor.

Cuenta la historia que Rosa y Flor eran dos hermanas que vivían en una cabaña en mitad del bosque, cuidando de su madre enferma. Rosa era muy trabajadora y estaba siempre pendiente de las labores de la casa y de que su madre se encontrara bien; en cambio Flor era vanidosa y egoísta, y prefería pasarse las horas mirándose en el espejo antes que ayudar a su hermana.

Un día, la madre les encargó que fueran al pozo a por agua. Flor hizo caso omiso de la tarea encomendada por su madre y Rosa fue sola al pozo. Una vez allí, la chica ató el cubo a la cuerda y lo hizo descender, con tan mala suerte que ella cayó detrás.

Cuando llegó al suelo creía que estaba muerta; sin embargo no tenía ningún rasguño. Miró a su alrededor: al contrario de lo que podría haber creído de haber estado unos metros más arriba, allí no había ni rastro del agua. Y tampoco era un lugar pequeño; era una enorme habitación de piedra débilmente iluminada por la abertura del pozo.

Rosa se levantó y comenzó a inspeccionar la cueva. Y cuál fue su sorpresa al descubrir que, oculta por la oscuridad, en una de las irregulares paredes, había una pequeña puerta. La abrió y entró por ella. Al otro lado había una anciana.

La señora escudriñaba a Rosa con ojos vivaces.

-Disculpe…- comenzó a decir-. Me he caído al pozo y… he llegado aquí- mientras hablaba, echó un vistazo a la estancia en la que se encontraba: un ovillo de lana y unas agujas de punto en el sofá, una mesa de madera simple y una cocina rudimentaria a un lado; una casita humilde dentro de un pozo. Prosiguió-. ¿Hay alguna forma de salir?

La ancianita estuvo en silencio unos minutos, durante los cuales la pobre Rosa se temió lo peor, imaginándose a sí misma sesenta años más tarde, viviendo en la casa del pozo.

-Saldrás, querida, saldrás- dijo al fin la viejecita con voz temblorosa-, pero antes me gustaría pedirte que me hicieras un favor… si tú quieres- Rosa aceptó. La ancianita hizo pasar a la joven dentro de la casita y continuó hablando-. Verás: soy demasiado vieja para hacer las cosas de la casa, y me da pena verla tan desordenada… si tú pudieras plancharme la ropa y fregar los platos te estaría muy agradecida…

Rosa se puso manos a la obra: había una montaña enorme de ropa y una pila hasta arriba de platos sucios, pero al final pudo con todo. Cuando terminó se acercó a la viejecita y le recordó su trato. Ésta señaló hacia una puerta que había al otro lado de la habitación y le dijo que al otro lado obtendría su recompensa. La chica se encaminó hacia allí dubitativa y abrió la puerta, que se cerró tras ella.

Entonces una lluvia de polvo de oro y brillantes cayó sobre Rosa. Sus ropas harapientas se convirtieron por arte de magia en delicadas y bellas prendas con olor a flores, sus sencillas sandalias se tornaron doradas y relucientes, y su cabello, antes enmarañado y algo sucio, destelleaba como millones de estrellas fugaces. Se miró en un espejo de plata que había ante ella, y quedó maravillada con lo que vio: en su frente había quedado engarzada una estrella resplandeciente.

La anciana entró en el cuarto y, acariciando el cabello de Rosa, susurró:

-Por tu gran corazón es por lo que te he concedido este regalo. Nunca más deberás temer por el dinero, pues allá donde busques oro hallarás. Podrás tener una vida mejor… Y ahora, puedes irte.

Y Rosa apareció de pronto en la superficie, al lado del pozo.

Fue corriendo a su casa, y le contó todo a su madre. Flor, al oír la aventura de su hermana, y al ver a ésta sacar oro de sus bolsillos, aparentemente vacíos, se llenó de envidia hasta tal punto que, sin pensárselo dos veces, le gritó:

-La buena de Rosa se llena de oro hasta los dientes y vuelve corriendo a casa para compartirlo con su madre enferma… ¡Qué pena me das! Pero, ¿sabes qué? Gracias a tu tremenda estupidez disfrazada de bondad yo me voy a hacer rica a costa de esa vieja inmunda, y tú te quedarás aquí, rodeada de oro, ¡pero también muerta en vida mientras te dedicas al cuidado de tu anciana madre!- y salió a la calle cerrando tras ella la puerta de golpe.

Flor se lanzó al pozo sin pensárselo dos veces. Llegó a la puerta, la abrió con irritación y buscó a la vieja entre la oscuridad del cuarto.

-¡Oh! ¡Qué sorpresa!- una anciana ataviada con una bata de lana y una trenza semideshecha de color gris en el pelo se acercó a la chica arrastrando los pies-. ¡Otra joven tan bella como la anterior ha venido para ayudar a esta pobre vieja! Pasa, hija, pasa.

Flor ya podía vislumbrar el brillo del oro en sus pensamientos; ya casi podía olerlo. La vieja se acercó.

-Necesitaría algo de ayuda con esa ropa… No puedo levantar la plancha porque pesa mucho, pero tú, que eres joven y fuerte, podrías hacerlo. ¿Me ayudarás?

-¿Para qué quiere una vieja que vive en un pozo y nunca sale a la superficie ropa sin arrugas? Nadie va a verla, es estúpido tener que hacer eso- la señora miró a Flor con asombro y anduvo unos pasos, hacia el fregadero.

-Está bien, entonces, ¿podrías ayudarme con estos platos? Las manos me tiemblan y se rompen. Luego te daré tu recompensa.

La expresión de Flor pasó de ser irónica a desafiante.

-¿Que me ponga a fregar? Mejor pasemos directamente a la recompensa, que me empiezo a cansar de usted, señora. ¿Por qué puerta tengo que entrar para salir con lo que me merezco?

La anciana no dijo nada, simplemente señaló una puerta de madera con uno de sus temblorosos dedos. La chica se dirigió resuelta hacia allí, y al pasar por el lado de la vieja le golpeó con el hombro.

Entró y la puerta se cerró tras ella. Se miró al vestido para ver si empezaba a relucir, a los pies para ver si aparecían los zapatos de brillantes, pero todo seguía igual. Empezaba a impacientarse hasta que notó algo frío sobre su cabeza. “Será el baño de oro del que habló mi estúpida hermana”, pensó. Cerró los ojos y giró con los brazos extendidos y una sonrisa en la cara. Fue al sonreír cuando notó que algo viscoso chorreaba por su cara. Se llevó las manos a la cara y las miró. ¡No podía ser!

La puerta se abrió, y esta vez fue la vieja quien sonrío.

-Un baño de barro y la desgracia eterna para quien no tiene buen corazón. La marca de tu frente te perseguirá allá donde vayas. Allá donde busques, sólo hallarás desolación. Vivirás en la ruina más absoluta y nadie tendrá piedad de ti. Ya puedes irte: tienes lo que viniste a buscar.

Flor intentó responder, pero la vergüenza le impidió hablar. Vio en el espejo de plata una mancha de carbón en su frente. No volvió a casa nunca más. Su destino: vagabundear por las calles hasta su muerte, eludiendo a la locura, y pensando a todas horas lo que pudo tener y por su mal corazón perdió.

Típico cuento de brujas disfrazadas que se toman la justicia por su mano y dan lecciones de bondad a los demás. Es bonito que traten de inculcar a los niños una serie de valores, como el respeto o la ayuda a los demás, pero también deberían enseñarles lo que es el orgullo y el amor propio. A pesar de todo, este era el que más me gustaba.

Segundo grupo

Miércoles, Enero 23rd, 2008

A lo largo de mi vida blogueril he descubierto que hay dos tipos de blogs: los que dejan a un lado los sentimientos del autor y se centran en ensayos acerca de la vida, noticias de actualidad, historias inventadas, frikadas y demás, y los que son una fuente continua de fatalidad y dramas de la vida de quien los escribe. Los primeros, como es lógico, siempre tienen más público que los segundos. Y es que supongo que alguien que esté aburrido y dé con un blog lo último que quiere es leer las penas encriptadas de alguien a quien no conoce.

Bien, no hace falta leer mucho de lo que llevo escrito para deducir que este se sitúa en el segundo grupo. A veces intento hacerlo un poco más comestible, escribo gilipolleces y me voy por las ramas, hablo de gatos que predicen muertes y pensamientos apocalípticos, pero aún así no puedo evitar que los sentimientos terminen por ganar la batalla. Será que tengo un concepto de esto ya cristalizado en mi cerebro y no habrá dios que lo modifique para convertirlo en un yacimiento de interés general. Para mí tener un blog es tener un diario, escribo un tanto cohibida, eso sí, por las personas que lo puedan leer, pero escribo sobre mí.

¿Y todo esto a cuento de qué?

Saliéndome completamente del tema del post, y haciendo uso de un blog dramas, como no podía ser de otra forma, te quería decir a ti, señorita de la camisa blanca, unas cuantas cosas:

-Me vuelves loca con camisa. Y sin camisa ya…

-No quiero volver a la cama porque tú no estarás en ella.

-Jugar al Animal Crossing es cada vez más triste.

-Porque cada día estoy más enamorada de ti.

-Y un día estallaré de todo lo que te quiero.

-Y con todo lo que te quiero me ha entrado miedo.

-Porque te amo tanto que ya no sabría vivir sin ti.

Te amo.

Wish I could…

Martes, Enero 22nd, 2008

Que se acaba el mundo, dicen. Cuántas veces nos habrán metido el miedo en el cuerpo con esta jodida afirmación apocalíptica, cuántas veces. Y a mí, personalmente, cada nueva afirmación me da más miedo. La sensación de que no tendré suficiente tiempo para conseguir mis metas y hacer realidad mis deseos, para vivir una vida plena y llegar a vieja de su mano, y sí, también la cruda certeza de que soy humana y moriré de la misma burda forma que los demás, son cosas que me aterran.

Supongo que, si ha llegado el momento, no nos lo dirán. Ya ha habido casos (o eso he leído) de ocultación de información por parte de organismos tan vitales en estos casos como la NASA, así que no creo que los gobiernos se arriesguen a que la población pierda el control con una noticia semejante.

Sinceramente, más que asustarme saber que voy a morir, me asusta saber cuándo voy a hacerlo. Y podría ser un privilegio ser consciente de una noticia así, dejar a una lado el azar y la incertidumbre, poder escribir en tu agenda el día y la hora de tu muerte, pero qué narices, no estoy preparada para hacerlo. No merezco que mi fecha de caducidad expire tan pronto. Dicho con otras palabras: NO QUIERO MORIR.

Joder, no me he pasado toda la vida puteada para que ahora un puto Apocalipsis se lleve mi felicidad por delante. No es justo. Que me quiero sacar la carrera. Que quiero currar en algo que me guste (o en su defecto, que me toque la lotería). Que quiero tener una casa con una cama enorme y compartirla con ella. Que me quiero casar (o algo), y tener gatos, o peces, o hijos, llámalo x. Que quiero ver la Muralla China y las pirámides de Egipto y lanzar monedas a pozos de deseos y sobrevolar Nueva York en helicóptero y visitar Salem y nadar desnuda en la playa y beber de un coco y escribir un best-seller y aprender chino y ser la protagonista de una aventura gráfica y llegar hasta las ruinas del castillo de la Báthory y teñirme el pelo de azul. Y quiero que quede gente sobre el mundo tras mi muerte para poder volver en forma de hectoplasma y aterrorizar a los niños y a las ancianitas cuando estén durmiendo.

No quiero que el mundo se acabe estando yo en él. No quiero soportar atascos enormes de camino al búnquer mientras veo cómo la onda expansiva se va comiendo progresivamente aquello que deje atrás. No quiero soportar cómo no me dejan entrar en el refugio anti-findelmundo porque mi sitio ha sido ocupado por la momia de Tutankamón o por el señor Fraga. No quiero separarme de la gente que me importa (de mi novia y la DS). No quiero vivir a base de pastillas de spaguettis hasta que la comida se termine en la cueva y acabemos comiéndonos unos a otros.

Así que, sintiéndolo mucho, tengo que decir que estoy en contra del fin del mundo. He dicho.

Lunes, Enero 21st, 2008

Toda la mañana sola en casa. Me despierto tarde, saco a los bichos a la terraza a que les dé el aire, desayuno tortitas de azúcar de las del pueblo y de las otras, las de aceite aplanadas, estudio algo de Natural y decido disfrazarme de hembra para variar. Saco la minifalda verde militroncho y los tacones negros con punta de bruja mala, medias y una camiseta de tirantes. Me lo pongo todo sin mirarme al espejo, dejo el pelo a su aire y me pinto los labios de rosa claro. Y entonces sí.

Me asomo un poquito, tal vez con miedo, tal vez con ironía, tal vez sintiéndome tan rara e insegura como cada vez que lo hago.

Y, extrañamente, siento que me gusta lo que veo. Me gusta mucho.