Cuando era pequeña (supongo que como a todos los niños) mi madre me contaba cuentos antes de dormir. Había uno que me gustaba especialmente: la historia de Rosa y Flor.
Cuenta la historia que Rosa y Flor eran dos hermanas que vivían en una cabaña en mitad del bosque, cuidando de su madre enferma. Rosa era muy trabajadora y estaba siempre pendiente de las labores de la casa y de que su madre se encontrara bien; en cambio Flor era vanidosa y egoísta, y prefería pasarse las horas mirándose en el espejo antes que ayudar a su hermana.
Un día, la madre les encargó que fueran al pozo a por agua. Flor hizo caso omiso de la tarea encomendada por su madre y Rosa fue sola al pozo. Una vez allí, la chica ató el cubo a la cuerda y lo hizo descender, con tan mala suerte que ella cayó detrás.
Cuando llegó al suelo creía que estaba muerta; sin embargo no tenía ningún rasguño. Miró a su alrededor: al contrario de lo que podría haber creído de haber estado unos metros más arriba, allí no había ni rastro del agua. Y tampoco era un lugar pequeño; era una enorme habitación de piedra débilmente iluminada por la abertura del pozo.
Rosa se levantó y comenzó a inspeccionar la cueva. Y cuál fue su sorpresa al descubrir que, oculta por la oscuridad, en una de las irregulares paredes, había una pequeña puerta. La abrió y entró por ella. Al otro lado había una anciana.
La señora escudriñaba a Rosa con ojos vivaces.
-Disculpe…- comenzó a decir-. Me he caído al pozo y… he llegado aquí- mientras hablaba, echó un vistazo a la estancia en la que se encontraba: un ovillo de lana y unas agujas de punto en el sofá, una mesa de madera simple y una cocina rudimentaria a un lado; una casita humilde dentro de un pozo. Prosiguió-. ¿Hay alguna forma de salir?
La ancianita estuvo en silencio unos minutos, durante los cuales la pobre Rosa se temió lo peor, imaginándose a sí misma sesenta años más tarde, viviendo en la casa del pozo.
-Saldrás, querida, saldrás- dijo al fin la viejecita con voz temblorosa-, pero antes me gustaría pedirte que me hicieras un favor… si tú quieres- Rosa aceptó. La ancianita hizo pasar a la joven dentro de la casita y continuó hablando-. Verás: soy demasiado vieja para hacer las cosas de la casa, y me da pena verla tan desordenada… si tú pudieras plancharme la ropa y fregar los platos te estaría muy agradecida…
Rosa se puso manos a la obra: había una montaña enorme de ropa y una pila hasta arriba de platos sucios, pero al final pudo con todo. Cuando terminó se acercó a la viejecita y le recordó su trato. Ésta señaló hacia una puerta que había al otro lado de la habitación y le dijo que al otro lado obtendría su recompensa. La chica se encaminó hacia allí dubitativa y abrió la puerta, que se cerró tras ella.
Entonces una lluvia de polvo de oro y brillantes cayó sobre Rosa. Sus ropas harapientas se convirtieron por arte de magia en delicadas y bellas prendas con olor a flores, sus sencillas sandalias se tornaron doradas y relucientes, y su cabello, antes enmarañado y algo sucio, destelleaba como millones de estrellas fugaces. Se miró en un espejo de plata que había ante ella, y quedó maravillada con lo que vio: en su frente había quedado engarzada una estrella resplandeciente.
La anciana entró en el cuarto y, acariciando el cabello de Rosa, susurró:
-Por tu gran corazón es por lo que te he concedido este regalo. Nunca más deberás temer por el dinero, pues allá donde busques oro hallarás. Podrás tener una vida mejor… Y ahora, puedes irte.
Y Rosa apareció de pronto en la superficie, al lado del pozo.
Fue corriendo a su casa, y le contó todo a su madre. Flor, al oír la aventura de su hermana, y al ver a ésta sacar oro de sus bolsillos, aparentemente vacíos, se llenó de envidia hasta tal punto que, sin pensárselo dos veces, le gritó:
-La buena de Rosa se llena de oro hasta los dientes y vuelve corriendo a casa para compartirlo con su madre enferma… ¡Qué pena me das! Pero, ¿sabes qué? Gracias a tu tremenda estupidez disfrazada de bondad yo me voy a hacer rica a costa de esa vieja inmunda, y tú te quedarás aquí, rodeada de oro, ¡pero también muerta en vida mientras te dedicas al cuidado de tu anciana madre!- y salió a la calle cerrando tras ella la puerta de golpe.
Flor se lanzó al pozo sin pensárselo dos veces. Llegó a la puerta, la abrió con irritación y buscó a la vieja entre la oscuridad del cuarto.
-¡Oh! ¡Qué sorpresa!- una anciana ataviada con una bata de lana y una trenza semideshecha de color gris en el pelo se acercó a la chica arrastrando los pies-. ¡Otra joven tan bella como la anterior ha venido para ayudar a esta pobre vieja! Pasa, hija, pasa.
Flor ya podía vislumbrar el brillo del oro en sus pensamientos; ya casi podía olerlo. La vieja se acercó.
-Necesitaría algo de ayuda con esa ropa… No puedo levantar la plancha porque pesa mucho, pero tú, que eres joven y fuerte, podrías hacerlo. ¿Me ayudarás?
-¿Para qué quiere una vieja que vive en un pozo y nunca sale a la superficie ropa sin arrugas? Nadie va a verla, es estúpido tener que hacer eso- la señora miró a Flor con asombro y anduvo unos pasos, hacia el fregadero.
-Está bien, entonces, ¿podrías ayudarme con estos platos? Las manos me tiemblan y se rompen. Luego te daré tu recompensa.
La expresión de Flor pasó de ser irónica a desafiante.
-¿Que me ponga a fregar? Mejor pasemos directamente a la recompensa, que me empiezo a cansar de usted, señora. ¿Por qué puerta tengo que entrar para salir con lo que me merezco?
La anciana no dijo nada, simplemente señaló una puerta de madera con uno de sus temblorosos dedos. La chica se dirigió resuelta hacia allí, y al pasar por el lado de la vieja le golpeó con el hombro.
Entró y la puerta se cerró tras ella. Se miró al vestido para ver si empezaba a relucir, a los pies para ver si aparecían los zapatos de brillantes, pero todo seguía igual. Empezaba a impacientarse hasta que notó algo frío sobre su cabeza. “Será el baño de oro del que habló mi estúpida hermana”, pensó. Cerró los ojos y giró con los brazos extendidos y una sonrisa en la cara. Fue al sonreír cuando notó que algo viscoso chorreaba por su cara. Se llevó las manos a la cara y las miró. ¡No podía ser!
La puerta se abrió, y esta vez fue la vieja quien sonrío.
-Un baño de barro y la desgracia eterna para quien no tiene buen corazón. La marca de tu frente te perseguirá allá donde vayas. Allá donde busques, sólo hallarás desolación. Vivirás en la ruina más absoluta y nadie tendrá piedad de ti. Ya puedes irte: tienes lo que viniste a buscar.
Flor intentó responder, pero la vergüenza le impidió hablar. Vio en el espejo de plata una mancha de carbón en su frente. No volvió a casa nunca más. Su destino: vagabundear por las calles hasta su muerte, eludiendo a la locura, y pensando a todas horas lo que pudo tener y por su mal corazón perdió.
Típico cuento de brujas disfrazadas que se toman la justicia por su mano y dan lecciones de bondad a los demás. Es bonito que traten de inculcar a los niños una serie de valores, como el respeto o la ayuda a los demás, pero también deberían enseñarles lo que es el orgullo y el amor propio. A pesar de todo, este era el que más me gustaba.