En estos últimos días se está celebrando en Alemania la Cumbre del G8. Los ocho países más poderosos del mundo van a discutir acerca de cuestiones económicas, esas que les favorezcan y les permitan seguir siendo los líderes mundiales.
Estoy harta de que el poder de una nación, de un sueño o de una persona se rija siempre por el dinero. De que el destino de todo lo que nos importa esté en manos de unos cuantos seres sin escrúpulos a los que sólo les importa enriquecerse más y más, y si esto es a costa de pisotear al resto de la población, si para ello tienen que bombardear un país y decir que todo fue por culpa de las armas nucleares que guardaban, cuando en realidad lo que querían era hacerse con los yacimientos energéticos de los pobres desgraciados que no tienen tanta suerte ni tanto descaro como ellos, entonces lo harán, porque se han crecido con el poder y ya no pueden pararlo. Si han de destruir bosques y contaminar mares para hacerse de oro, aun sabiendo que a esta pobre Tierra no le quedan más que unos pocos telediarios, con tal de adquirir el monopolio de todo lo existente, lo harán sin mirar atrás. Porque ellos son felices en su mundo utópico, en el que todo es perfecto y la gente es feliz, y en el fondo creen que toda esa felicidad se la deben a ellos.
No debería ser así. No deberíamos permitir que esos ocho personajes nos tuvieran en sus manos. De lo que sus decisiones deriven dependerá el futuro de nuestros hijos, de todo lo que queremos, o simplemente nuestras vidas.
Dinero. ¿Por qué el dinero es el poder? ¿Por qué no lo es la inteligencia, o la bondad, o la astucia, o la sensibilidad? ¿Por qué el señor Bush tiene más poder que el hombre que toca la guitarra en el metro para ganarse la vida? ¿Acaso su vida vale más? ¿Acaso está más capacitado para realizar la tarea de gobernar?
Supongo que aun tengo que madurar, como dice mi padre. Tengo que abandonar mi mundo de fantasía y caer al suelo de una vez. Descubrir que el dinero es el poder. Y que no eres nada sin él. Sólo un granito de arena insignificante en una playa inmensa. Un granito de arena al que nadie importante le merece la pena salvar, ya que no se notaría su ausencia. Claro que a su vez, la inmensidad de la playa demuestra poder. Cada granito por sí mismo no es nada, pero en conjunto su fuerza es imparable.
Somos esos granitos de arena, somos insignificantes, y eso lo sé. Pero no sé si será porque soy una inmadura o una ilusa, creo que tenemos poder. Podemos lograrlo. Que la Tierra deje de agonizar. Podemos curarla. Sólo tenemos que dejar de sentirnos individuales y desgraciados. Poner soluciones de una vez, ya que nadie hará nada por nosotros. Unirnos y luchar juntos. Porque somos más poderosos que esos ocho presidentes reunidos en Alemania en una cumbre estúpida debatiendo cómo enriquecerse a nuestra costa.